Por ejemplo, las agendas. Las he probado en todos los formatos y calidades. En un principio me compraba la agenda del año unos tres meses antes de que comenzara a usarla, esto es, me compraba la agenda para 1983 en octubre de 1982. Generalmente no pasaban de febrero, o en todo caso, de marzo. Uno las comenzaba a usar prolijamente, pero luego la prolijidad decaía hasta la crasitud. Además las entradas solían ser más breves, o más largas, que el espacio asignado para cada día. O sencillamente, no tenía nada que escribir, o al menos nada que fuera imprescindible recordar. De modo que al final decidí prescindir de ellas, al menos hasta que entré a la universidad. Luego comenzamos de nuevo con lo mismo, vuelta la burra al trigo, hasta que reduje la agenda a un breve listín telefónico. Finalmente opté por usar un cuaderno corriente y moliente que también oficiaba las veces de diario íntimo, y el listín pasó a ser una agenda electrónica de 128 Kb que me resultan más que suficientes.
El gran problema con las agendas y con casi todos los elementos de escritura (carpetas, cuadernos, diarios íntimos, anotadores, libros de actas, etcétera) es que se ven hermosos e impolutos hasta que uno los toca, a menos que uno tenga una caligrafía tipo Mary Poppins, y aún así es difícil hacer buena letra cuando uno tiene que anotar algo en el colectivo o con muchísimas prisas. Además, la agenda pierde su utilidad casi inmediatamente, cosa que no sucede con los diarios íntimos, que son más que nada para la recordación, la efemérides. Aún así, de vez en cuando suelo comprarme una agenda, o un anotador, movido solamente por el placer estético del objeto per se. Lo peor es que hace unos días he visto en una vidriera una estupenda agenda Rhein, tapa de goma, una página por día, y me temo que dentro de poco sucumbiré a su canto de sirena...