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La Coctelera

Todo lo que amas te será arrebatado

Ideas robadas con total desparpajo y denostadas desde la más absoluta ignorancia. También dibujitos desanimados, videos, y si hay suerte, algo de música (medio de cotelé).

6 Septiembre 2005

Manga

Uno podría comenzar este artículo sacando de su bola Pokèmon una lista de cosas que no teníamos hace 30 años: los cibercentros, las máquinas boleteras en los colectivos, Luisana Lopilato, los discos compactos, los videoclubes, el manga… ¿No había manga en las comiquerías? En la década del 70, las comiquerías ni siquiera existían como tales y los cómics no eran fáciles de conseguir. Los importados llegaban discontinuamente, eran caros y no muy buenos. Algunas (escasas) ediciones españolas de Vértice –La Masa (Hulk), Los 4 Fantásticos, El Hombre de Hierro, entre otros, con tapa color, interior blanco y negro y una historia macabra en las últimas páginas—, algunas mexicanas de Novaro en las que Barry Allen era Bruno Alba, Oliver Queen era Oliverio Reina y así por el estilo: Supermán (con acento en la última vocal), Batman el Hombre Murciélago, Susy (secretos del corazón) y poco más. Lo nacional consistía en un atiborramiento de mamotretos ilegibles con, por lo general, malos dibujos, poco color y un exceso de texto: todo lo de Columba (El Tony, D'Artagnan, Fantasía, Intervalo) y las varias de Record, de un nivel algo superior, al menos en cuanto a la parte gráfica. Más allá de eso, algunas ediciones a bajo precio en formato apaisado como Piturro, Las travesías de Fitito o Don Nicola. Fue por esa época que los argentinos conocimos el animé con casi una década de retraso. Nótese que digo animé, y no digo manga. El manga es el cómic japonés; el animé es el dibujo animado. Decíamos, entonces, que en los 70 los argentinos trabamos conocimiento con el animé, ya que no con el manga, a través de clásicos como Astroboy, Kimba el león blanco o Meteoro el rey de las pistas. Tanto Astroboy como Meteoro tuvieron sus respectivas revistas argentinas: la de Astroboy era de formato apaisado en blanco y negro, la de Meteoro era de tamaño magazine y a color. Ambas tenían guión y dibujo nacional, y eran simples cómics occidentales con los planteos estéticos de la época. Sin embargo, tanto uno como otro habían nacido en Japón en forma de manga. La animación era sólo un producto secundario.
Astroboy (Tetsuwan Atomu), de Osamu Tezuka, transcurría en el año 2000, en un mundo más cercano a la utopía que al apocalipsis. El personaje central era un robot construido a imagen y semejanza del hijo de su creador, muerto en un accidente. Las historias eran más bien pueriles, pero autoconclusivas y absolutamente disfrutables.
Meteoro (Mach Go Go Go), de Tatsuo Yoshida, estaba basado en un manga de escaso éxito en Japón; sin embargo, este animé llegó a convertirse en objeto de culto en el mundo occidental. La trama giraba alrededor de las aventuras de un corredor japonés (Go Mifune) y su auto trucado, en una mezcla de acción, sensiblería y comedia ligera.
De la mano del éxito de estos primeros animés llegaron otros: Heidi, Mazinger Z, Robotech, Candy Candy, Capitán Raymar. Y mucho, pero mucho después, Sailor Moon, Caballeros del Zodiaco, Dragonball Z y un etcétera demasiado largo para un artículo tan elemental como éste.
Recién a mediados de los 80 hace irrupción en nuestro mercado el manga propiamente dicho con Akira, un manga épico-apocalíptico de Katsushiro Otomo que les abrió la cabeza a más de cuatro. Sin embargo, en Japón la cosa había comenzado mucho antes, de la mano del ya mencionado Osamu Tezuka (1928-1989), el creador del manga actual y quien dota al género de su estética tan particular. En 1947 el tipo se descuelga con un manga en forma de libro llamado La nueva isla del tesoro, inspirado en la obra de Robert Louis Stevenson y que no sólo es un éxito en ventas (400 mil ejemplares) sino que establece una fuerte influencia sobre toda una generación de nuevos autores. Sin embargo, el manga era visto como algo para el público infantil, hasta que en 1957 Yoshihiro Tatsumi inaugura el gekiga (manga basado en historias dramáticas) con su Yurei Takushi.
Una mínima cronología para memorizar y luego lucirnos ante nuestros amigos y favorecedores:
1947. Osamu Tezuka publica Shintakarajima (La nueva isla del tesoro).
1952. Tezuka publica Tetsuwan Atomu (Astroboy).
1963. Tetsuwan Atomu es el primer dibujo animado japonés.
1965. Tatsuo Yoshida publica Mach Go Go Go (para los yanquis, Speed Racer, para nosotros, Meteoro).
1969. Golgo 13, de Takao Saito.
1970. Doraemon, de Fujio Fujiko.
1972. Mazinger Z, de Go Nagai; Science Ninja Team Gatchaman (Fuerza G), de Tatsuo Yoshida.
1976. Captain Harlock (en Argentina, Capitán Raimar), de Leiji Matsumoto.
1980. Domu (Pesadillas), de Katsushiro Otomo.
1982. Comienza a emitirse la serie animada Macross.
1984. Dragonball (Akira Toriyama), Akira (Katsushiro Otomo).
1987. Ranma Nibunnoichi (Ranma ½), de Rumiko Takahashi.
1989. Ghost in the Shell, de Masamune Shirow.
1992. Bishojo Senshi Sailor Moon (Sailor Moon), de Naoko Takeuchi.
1995. Estreno de la serie de TV Neon Genesis Evangelion.
El manga contiene toda una serie de convenciones a las que el lector occidental no suele estar acostumbrado. La más importante es el sentido de lectura (de derecha a izquierda), aunque eso suele solucionarse en las ediciones occidentales mediante el "espejado" o inversión de las planchas, aunque a veces se mantiene el sentido original, dependiendo de la serie (hay autores que no permiten que se "espejen" sus cómics).
El estilo de dibujo varía de acuerdo al género: no es lo mismo un gekiga que una comedia, aunque por lo general el estilo también varía dentro de un mismo cómic de cuerdo a la situación: más realista para las situaciones dramáticas o de acción, burdo y grotesco para los pasos de comedia.
Y acá me permito recordar que estamos hablando del cómic de un pueblo acostumbrado a comunicarse con ideogramas (kanji); tal vez por eso mismo, el dibujo de manga es una suerte de ideograma per se que no puede medirse con los mismos cánones con los que analizamos, por ejemplo, un cómic de Alex Raymond o José Luis Salinas.
En su forma más difundida, el estilo japonés de dibujo es inconfundible: ojos muy grandes en relación con el resto de la cara, escaso detalle en la anatomía, profusión de líneas de movimiento y onomatopeyas.
Así como para nosotros una o varias estrellas significan dolor, o una Z significa sueño, para los lectores de manga una gigantesca gota de sudor o un enjambre de pulpitos marcan el momento de incomodidad por el que pasa un personaje. Un telón de fondo negro implica dramatismo, pero ese mismo telón rasgado por un rayo de luz significa una revelación repentina.
Un manga puede durar miles y miles de páginas, pero tiene una duración limitada, a diferencia de cómics occidentales como los ya mencionados Superman o Batman. Asimismo, en el manga los equipos creativos se mantienen sin cambios: en este hemisferio, en cambio, hablamos del Batman de Neal Adams y del de Frank Miller, del Eternauta de Solano y del de Breccia.
Otra peculiaridad que tal vez resulte difícil de digerir para la mentalidad occidental son los criterios de censura tal como los explica Andrés Accorsi: “La ley prohíbe mostrar vello púbico, órganos genitales y actos sexuales, pero sólo de adultos. Nada dice sobre chicos y chicas aún impúberes y eso explica la proliferación de mangas porno donde infartantes nenas de doce se revuelcan con aliens, monstruos y robots. Cuando los autores se vuelcan por el sexo entre adultos, suelen limitarse a no dibujar el vello, los penes y las vaginas, con lo cual todo el asunto se ve un poco raro y la imaginación del lector tiene que hacer un (mínimo) esfuerzo para llenar los espacios en blanco”(¹).
El manga ha influenciado a un creciente número de dibujantes occidentales; entre los más obvios cabe citar a Humberto Ramos, Chris Bachalo y Joe Madureira, aunque hay muchísimos más que aplican su forma de distribuir la página o dinamizar una historia sin caer en la imitación lisa y llana. En cuanto al manga made in USA, o amerimanga, podría decirse que comenzó en 1965 con la adaptación del ubicuo Tetsuwan Atomu editada por Gold Key. Tras esta vinieron otras adaptaciones de otros animés , siempre a un nivel entre correcto y mediocre, con sus excepciones, la más notable de las cuales tal vez sean los amerimanga de Adam Warren, quien adaptó en los 90 Dirty Pair (de Takachiho Haruka) y Bubblegum Crisis (de Katsuhito Akiyama), dotando a ambos de una identidad gráfica propia a pesar de las restricciones impuestas por los propietarios de ambas licencias.
En Oriente, la popularidad del manga no se limita a las fronteras del Japón, sino que ha generado industrias paralelas en otros países de la región, donde se editan no solamente mangas de creadores locales, sino también versiones redibujadas y traducidas de los mangas japoneses de mayor éxito.
En nuestra cultura es raro ver lectores de cómic de más de 25, o cuanto más 30 años; casi tan raro como ver mujeres lectoras. Solemos despreciar el género (“historieta” es de por sí un término despectivo), relegándolo a la infancia o cuanto mucho a la adolescencia, poniendo en la misma bolsa del prejuicio a Condorito y a Mort Cinder, a Pokémon y a Kingdom Come; esto contrasta con la situación del cómic en Japón, donde el manga es una parte integral de la cultura, y como tal, no está acotada por sexo ni edad, sino que más bien parte de una segmentación del mercado: hay manga para oficinistas, para jubilados, para vendedores de chuenga, humorístico, erótico, de acción, educativo, y su circulación se mide en cientos de miles y millones de ejemplares. Dibujos en blanco y negro impresos en papel de color (rosa, amarillo, celeste). Se editan decenas de títulos por semana: revistas de antología impresas en papel barato conteniendo 20 ó 30 historias de unas 20 páginas, fraccionadas en episodios que luego serán reeditados en libros de pequeño formato para que los otakus (fanáticos del manga) puedan guardar en la biblioteca. Dicho de otra manera: cada revista de antología suele tener unas 300 páginas con episodios de distintas series. Esas revistas se leen y se descartan. Luego, la editorial publica una edición en libro (tankoubon) dedicada exclusivamente a, pongamos por caso, Card Captor Sakura o Doraemon. Las tres editoriales principales son Kodansha, Shogakkan y Shueisha, que también publican libros y revistas, no limitándose al manga. Les siguen Akita Shoten, Futabasha, Shonen Gahosha, Hakusensha, Nihon Bungeisha, y Kobunsha. Y aún quedan sin mencionar las editoras más pequeñas, que son unas cuantas, y las ediciones de baja tirada producidas por mangakas aficionados, llamadas dojinshi (algo similar a nuestros fanzines). Intentemos una somera clasificación del manga de acuerdo a la edad de su público:
yonenshi: destinado al público infantil
shonenshi: para adolescentes
yangushi: 18-30 años
seinenshi: adultos
Se calcula en unos 3000 el total de mangakas en Japón. Todos ellos han publicado al menos un volumen de manga, aunque la mayor parte de ellos o bien vive de otro trabajo o colabora con autores famosos.
Las reacciones del lector argentino ante el manga tienden a la polarización: se lo ama o se lo detesta. Por otra parte, el surtido a disposición del público local es ínfimo en relación al total de títulos publicados en Japón, y las ediciones nacionales son escasas y virtualmente artesanales. Leandro Oberto explicaba así la situación de los editores locales durante las últimas décadas: “Las crisis extremas de la década del 80 pulverizaron la industria del cómic local. Durante los 90, cuando empezaba a resurgir, la aparición de comiquerías provocó la importación salvaje de productos desde España, el 90% de ellos traducciones de cómics extranjeros que no pagaban derechos a los dueños del copyright para ser distribuidos en nuestro país. Las comiquerías se convirtieron en el mayor amigo y enemigo del editor argentino. Por un lado ponían publicidad y vendían números atrasados expandiendo y mejorando el mercado, pero por otro ponían a la venta cómics españoles piratas que no garpaban un mango para ser distribuidos en nuestro país, aniquilando así a la industria local y la posibilidad de editar montones de títulos acá”(²). ¿Qué leer, entonces? Uno revuelve las bateas de manga de cualquier comiquería y no sabe con qué quedarse. Tal vez una brevísima lista sea de alguna ayuda:
Masamune Shirow: Dominion Tank Police, Ghost in the shell
Osamu Tezuka: Black Jack
Masakazu Katsura: I's, Shadow Lady
Akira Toriyama: Dragon Ball Z, Dr. Slump
Kosuke Fujishima: You're under arrest!, Oh! My Goddess
Katsushiro Otomo: Akira, Pesadillas
Rumiko Takahashi: Ranma ½
Ryoichi Ikegami: Mai the Psychic Girl
Sin duda los hombres sabios dirán que se me ha pasado tal o cual título, pero cualquier lista de manga que no se remita a los originales japoneses es por fuerza incompleta. Las ediciones españolas que pueden conseguirse suelen ser las de Planeta-DeAgostini y Ediciones Glénat. En la Argentina, Ivrea se dedica a editar manga en buenas ediciones y con precios accesibles (Ranma ½, Card Captor Sakura, I's, Slayers, etcétera.) Para quienes tengan una cierta fluidez con el idioma inglés, Dark Horse y Viz editan sendas líneas de manga.
Una observación final: los planteos argumentales que podemos encontrar en la batea de manga no son las típicas historias con robots gigantescos que salvan al mundo cada diez páginas. Algunos ejemplos: Ranma ½, de Rumiko Takahashi, es una comedia con un protagonista que se convierte en mujer si se moja con agua fría (y recupera su virilidad con un poco de agua caliente). En Oh! My Goddess, de Kosuke Fujishima, un estudiante de politécnico disca un número equivocado y termina obligado a convivir con una diosa capaz de cumplirle cualquier deseo (incluso destruir el mundo), pero de una ingenuidad digna de Hijitus. El protagonista de Lawman, de Akihiro Itoh, es un inspector de la AFIP japonesa con licencia para matar contribuyentes morosos. Sailor Moon, de Naoko Takeuchi, es la historia de una colegiala que tiene una gata que habla y usa un prendedor mágico para luchar contra el mal.
NOTAS
(¹) Andrés Accorsi, “Japón, el país de las mangavillas” en Comiqueando 42, noviembre de 1999, p. 25.
(²) Leandro Oberto, nota editorial, Ranma ½ 13, junio de 2000, p.2.
©2004 Hugo Casamor. Previamente publicado en EL PASAJERO.

Tags: manga, lecturas

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

raul

raul dijo

nesecito saber que relacion hay entre robotech y el capitan raymar, grcias

11 Noviembre 2006 | 03:25 AM

Hugo

Hugo dijo

Otra respuesta tardía... ¡No hay ninguna relación, Raúl querido! Captain Harlock (acá lo conocemos como Raymar) es una creación de Leiji Matsumoto y Robotech es un montaje de Carl Mazek a partir de un animé muy copado que se llama Macross. De todos modos, no soy un experto ni mucho menos. Si querés escuchar a alguien que sabe bastante de todo estemundo de los cómics con ojos grandes, sintonizá el programa de Hobi De Fino por la Roquipop (FM 95.9), que los jueves por la madrugada (de 2:30 a 3:30) está Gerardo, de Camelot, incluso podés llamarlo al programa (4535-7625) y preguntar esta clase de cosas y obtener una respuesta calificada.

24 Enero 2007 | 08:17 AM

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Mientras estás leyendo esto, es muy posible que yo esté luchando con mi tablero de dibujo, o con mi cuaderno de notas, intentando algún progreso ya sea con mi cómic o mi novela. De vez en cuando también hago como que trabajo para vivir, por lo que posiblemente no le esté dedicando a este weblog tanto tiempo como quisiera. Lo único que te ruego antes de emitir un juicio acerca de mi cordura o falta de ella, tengas en cuenta mi alimentación mediática: las películas de James Bond de los 70, los cómics de superhéroes de la DC, las sátiras de Mort Drucker en la revista MAD, todas las películas de asesinos seriales de los 80, Oh Wicked Wanda! en la revista Penthouse (también en los 70) y por supuesto, Robert Crumb. (El título de este weblog lo he tomado prestado de una canción de Erica Eigen que pertenece a la banda de sonido de LA NARANJA MECÁNICA, de Kubrick.) Últimos libros que he leído: ONE DAY IN THE LIFE OF IVAN DENISOVICH, de Aleksandr Solzhenitsyn (Penguin) LOS VERSOS SATÁNICOS, de Salman Rushdie (Grijalbo) Estoy leyendo: SEXO Y CARÁCTER, de Otto Weininger (Losada) BOOGIE EL ACEITOSO, de Fontanarrosa (el libraco recopilatorio que editó De la Flor) WHY I HATE SATURN, de Kyle Baker (DC USA).

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