Acerca de las muñecas de silicona y otros elogios de lo artificial
TAL VEZ TODO HAYA COMENZADO con el primer implante de silicona. O con la primera cirugía plástica. Lo que sí está claro es que desde fines de los 70 nos hemos ido acostumbrando a las señoritas con senos quirúrgicamente alterados --sabiendo que lo que hay bajo esa teta que tan ansiosamente deseamos manotear no es sino una masa gelatinosa que no estaba allí originalmente. Y es que hoy en día, aquella veterana (y no tanto) que no se alteró los pómulos, se agrandó (o se achicó) las lolas, se aspiró la grasa sobrante o se levantó la cola. Lo que antes era el último recurso de la mujer en decadencia es hoy una herramienta más en el arsenal cosmético de las mujeres –y algunos hombres—jóvenes.
YA EN EL SIGLO XXI, los manoteadores de tetas no hemos tenido más remedio que habituarnos a esos implantes tan intrusivos como cualquier prótesis o artificio ortopédico: sobar una teta sintética vendría a ser algo así como acariciarle un muslo a la mujer biónica. Y ahora que nos hemos acostumbrado a las siliconas en nuestra cama, el próximo paso lógico son las muñecas de silicona: unas muñecotas muy, pero que muy realistas, con piel y cabello similares a los de una mujer de carne y hueso, peso corporal normal (unos 50 kilos) y demás atributos, en un surtido que ya ronda la docena de modelos de diferente pelo y laya –la rubia, la oriental, la mulatona, etcétera--, pudiéndose además seleccionar el color de los ojos, el tamaño de las tetas, el corte de pelo y otros detalles, al mejor estilo Frankenstein, con sólo acceder a la página correspondiente. Incluso se puede cambiar la vagina por un pene (modelo “zona roja”) o, ya metidos en el gasto, optar por el varoncito sodomizable (el único en todo el surtido; nótese que incluso este muñeco está pensado para un público masculino).
EL ÚLTIMO PARÉNTESIS merece un comentario un poco más extenso. No deja de ser interesante que, mientras que las mujeres en busca de lo artificial se conforman con un fragmento de virilidad (el llamado dildo o consolador), los hombres necesitemos una réplica de la mujer completa. Aunque también existen vaginas artificiales para el bolsillo del caballero, no es lo mismo ni mucho menos.
EL COSTO DE UNA MUÑECA STANDARD ronda los 6000 dólares, más gastos de envío (otros 500 dólares). Quien ponga esta moneda recibe al cabo de un tiempo una caja de madera de considerables dimensiones conteniendo su correspondiente muñeca de 50 kilos. No muy recomendable si uno vive en un hotel o casa de pensión, o con sus padres. Tampoco si uno tiene un perrito juguetón (especialmente si se trata de un San Bernardo o Gran Danés) o una señora por horas que plumeree su habitación (o una tía a tal efecto). Menos aún si uno vive en un barrio peligroso: tener una de estas muñecas es como tener un cadáver fresco en casa y tal vez las autoridades no hayan leído este artículo y lo retengan a uno en una húmeda celda hasta que se le haga la autopsia a nuestra muñeca que tantos problemas nos causa.
EN UNA DE SUS TANTAS PELÍCULAS, Michel Piccoli se enamora perdidamente de (y convive con) una muñeca gigante. La cinta se llama Tamaño natural y tal vez pueda encontrarse en algún videoclub de esos que suelen tener películas iraníes y otras lindezas. La cosa es que el tipo lleva a la muñeca a pasear en bicicleta y cosas por el estilo, sin que se le mueva uno de sus escasos pelos. Un alegato estremecedor que lo mantendrá pegado a la butaca con una moraleja que tal vez uno descubra uno de estos días. Por ahora, contentémonos con decir que es posible que uno se enamore de una muñeca. Es más, me atrevo a sostener que es muy probable que eso suceda.
BUCEANDO EN LA PÁGINA DE LA COMPAÑÍA (Abyss Creations Ltd.), el internauta tiene acceso a decenas de bonitas fotografías de las muñecas, al catálogo de medidas disponibles y al testimonio del locutor Howard Stern, quien se refiere a su experiencia con las muñecas como algo extraordinario: “¡El mejor sexo que nunca he tenido, lo juro por Dios! ¡Esta RealDoll™ se siente mejor que una mujer real! ¡Es fantástica! ¡La amo! ¡Esta RealDoll™ es real, lo juro! ¡Mejor que una mujer! ¡Mi esposa no es tan buena! ¡Que Dios me quite todos mis ratings si miento! ¡Pasaré por la prueba del detector de mentiras! ¡Lo juro por la vida de mis hijos! ¡Lo hice y estoy orgulloso de ello!” (Es posible que alguien viva en un táper y crea que esto es algo nuevo, pero no es así. Ya en junio de 1998 Mario Pergolini (reconocido admirador de Stern) mencionaba el sitio de internet de marras y sus muñecas para adultos en sus charlas matutinas de la Roquipop. Un poco más cerca en el tiempo, la difunta revista Tres Puntos de agosto de 2000 le dedica al tema la tapa y una docena de páginas interiores, de las que levanto algunos datos que comparto sin mayor ánimo de lucro:)
EL CREADOR DE LAS MUÑECAS EN CUESTIÓN se llama Matt McMullen, un escultor aficionado a los efectos especiales de Hollywood que hasta hace relativamente poco puchereaba haciendo máscaras de Halloween en un taller de San Diego. Las muñecas se hacen de forma artesanal: tienen lengua, mandíbulas que se abren (de hecho, tienen un endoesqueleto que les permite todas las posiciones del Kama Sutra, aunque no pueden tenerse en pie por sí solas) e incluso el comedor completo con sus 32 dientes (lo cual no siempre está garantizado en una mujer real, por lo menos en mi barrio).
LA CLAVE DE ESTA MOVIDA es realismo; todo un avance en comparación con las viejas muñecas de látex rellenas de agua caliente, con más parentesco con un chaleco salvavidas que con un ser humano. En uno de sus underground comix, Robert Crumb plantea un futuro en el cual “autómatas androides divertirán a los estrechos sexuales. Nada de problemas sexuales, de riesgos de apegarse a otros” (Underground Comix USA 3, Barcelona, Ed. Fundamentos, 1981). Tal vez Crumb tenga razón y estas muñecas lleguen a cumplir la misma función aislante que el walkman™. Este reproductor de estéreo personal fue revolucionario porque amplió la esfera privada sacándola a la calle, y así como su demasiado uso puede ocasionarnos trastornos auditivos, es posible que el abuso de las muñecas de silicona asimismo acarree sus propios problemas, no muy distintos de aquellos que traería una vida que dependiera excesivamente de la masturbación, comenzando por una suerte de autismo sentimental que eventualmente repercuta en nuestras relaciones con las hembras de carne y hueso (y sentimientos).
ALGUNOS ACCESORIOS a tener en cuenta: el kit de limpieza y reparaciones, el set de peluquitas, el CD de gemidos y exclamaciones surtidas –en inglés, of course. Tal vez eventualmente alguien grabe una versión en español y la muñeca sonará como esos relojes para no videntes, aunque en vez de proclamar la hora oficial solicitará amablemente que le hagamos tal o cual cosa o le introduzcamos tal o cual objeto. Bien podría uno pedirle a su cuñada que le grabe un par de frases picantes en el viejo grabador a cinta del nono: frases como “ahora sé lo que vale un peine”, “amar es nunca tener que pedir perdón” o casi cualquier aforismo de José Narosky. También podrían resultar útiles para los estudiantes poco aplicados, que podrían repasar con sus muñecas las más aburridas fórmulas o ecuaciones. Ponderando estos simpáticos amasijos de silicona, algunos pensamientos vienen a la mente:
a. “¡Es mucho dinero! Mejor me compro un auto usado, o una casita donde vivir cuando me jubile.”
b. “¡Es como tener un fiambre en la catrera!”
c. “¡No se puede compartir nada!”
Otros pensamientos como para responder a lo anterior:
a. Y, sí, es mucho dinero, pero tengamos en cuenta que no se trata de una alcancía de goma del Ratón Mickey, la cual nos da muchas menos satisfacciones que una muñeca –y además la ranura es demasiado estrecha y uno puede causarse daños considerables, sobre todo psicológicos, ya que hacerle el amor a una alcancía es bastante triste. (Aunque en una novela de Ian Fleming el villano de turno pintaba a sus amantes de dorado y la pasaba bastante bien.)
b. No exactamente. Las muñecas no entran en descomposición, ni tienen rigor mortis ni nada por el estilo. Más bien parecen drogadas o en estado vegetativo, cosa que para algunos resulta excitante (por ejemplo, para el célebre violador y asesino serial Ted Bundy, cuya “chica ideal” era la mujer en estado de coma).
c. Y, más o menos… Uno puede meterles un sánguche de milanesa en la boca, pero no van a masticar. Puede vestirlas con la camiseta de Racing y sentarlas frente al televisor mientras uno ve FÙTBOL DE PRIMERA y no se les moverá un músculo ante los comentarios de Marcelo Araujo. Pero no se quejan por el desorden y las flatulencias y no insisten en poner la novela o cocinar platos horribles.
―Entonces, ¿es mejor una muñeca que una mujer real?
―Oiga, usted hace cada pregunta…
ALEJANDRO DOLINA EXPLICÓ alguna vez que un huevo es fungible y una persona no lo es: uno va al almacén y no pide que le den el huevo Alberto, el huevo Rubén y el huevo Toresani. Un huevo es un huevo, y puede ser reemplazado por otro sin problemas de identidad. En cambio, probablemente el marido de Catherine Fulop no quiera reemplazarla por, digamos, mi tía Chola. Ahora bien, si a uno se le prende fuego la muñeca de silicona (o se le cae debajo del tren, o es aplastada por un meteorito), basta con que uno solicite otra del mismo modelo, con el mismo tamaño de tetas, corte de pelo, etcétera, y la vida seguirá como si nada al cabo de un tiempo. Da igual una que otra, como sucede con los encendedores, los huevos o las películas de Steven Seagal. ¿Acaso estas mujeres fungibles de silicona estarán prefigurando la próxima y total cosificación del objeto amatorio? Dicho de otro modo: cuando los avances en las técnicas de ingeniería genética y clonación lo permitan, ¿podremos obtener copias baratas de nuestra mujer amada? Por otra parte, estas señoritas sintéticas tienen sus ventajas: por lo pronto, resultan más baratas que una señora de verdad. No hay que sacarlas a pasear, pueden estar frente al televisor todo el día sin gastar fortunas en compras telefónicas. Su costo se amortiza día a día. No son cargosas: cuando uno no quiere, ellas tampoco. Por el contrario, si uno anda con ganas de chichoneo, no les duele la cabeza ni les viene Andrés. No hay riesgo de contagio de herpes, SIDA, hepatitis o piligandrejas (a menos que uno compre una muñeca de segunda mano), y lo más importante: no envejecen.
TESTIMONIO DE UNA MENOPÁUSICA desde los 43, a sus 45 años: “Lo primero que noté fue que mi cuerpo estaba cambiando. Era como si todo se derrumbara. Mis pechos empezaron a caer, la parte superior de mi cuerpo adelgazó y toda la grasa se concentró en las caderas, el abdomen y las piernas. [...] Luego la piel y el pelo se me secaron y empezaron a salirme arrugas. Tengo la sensación de haber envejecido diez años en dos. Para colmo, todo lo que como parece convertirse en grasa. He ganado siete kilos en seis meses.” (David Reuben, TODO LO QUE USTED SIEMPRE QUISO SABER SOBRE SEXO, Barcelona, Plaza & Janés, 2000, p. 305.) En un olvidado episodio de la serie televisiva de LOIS & CLARK, la villana de turno le dice a Superman: “La mujer envejece, mientras que el hombre se hace distinguido”. Tal vez el verdadero desafío para las veteranas sea envejecer con dignidad; resultar más interesantes que sus contrapartidas de silicona –a pesar de las várices, las caderas anchas, la alopecia y los dientes faltantes. No, no se me acerque tanto, señora. Hay una secuencia de la película JUEGO SUCIO (FOUL PLAY, 1974) en la cual Goldie Hawn abre por error un armario del dormitorio de Dudley Moore, del cual brota un pequeño batallón de muñecas inflables y otros accesorios amatorios. La idea es mostrar que el personaje de Moore es un pervertido que sólo piensa en el sexo. (Je, la ingenuidad de los 70.)
Pregunta para timoratos: ¿qué pensaría de nosotros nuestra novia (o la casera, o nuestros padres, o un vendedor de cepillos a domicilio) si encontrara una muñeca de silicona en nuestro lecho?
Tal vez la pregunta pertinente sea: ¿me importaría lo que pensaran de mí mi novia, mis padres, etcétera? Porque aún una breve convivencia con uno de estos simulacros provocaría un creciente enamoramiento, o, por ser más exactos, un lazo afectivo entre la muñeca y uno. Y no sólo porque al fin y al cabo se trataría de un juguete, y uno desde pequeño se vinculó afectivamente con sus juguetes (y evitaba compartirlos: nadie podía tocar nuestros juguetes excepto con intervención de la fuerza pública), sino porque ese amor mezquino, unilateral y no correspondido sin embargo tiene un origen definido: las virtudes negativas de una muñeca de silicona. Una muñeca no se queja, no acusa, no discute, no miente. Sin embargo, esto es un pensamiento discutible, como aquella idea (que transita por carriles paralelos) que puede traducirse como “cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Un último pensamiento: si bien existe la posibilidad de que uno vaya a casa de su mejor amigo y encuentre a su mujer en una situación comprometida, no es algo demasiado común. En cambio, sí es altamente probable que en un futuro no muy lejano uno vaya a visitar a algún conocido y se tope con “su” muñeca (en realidad, otra, pero idéntica) representando la posición 52 bis del KAMA SUTRA. Y esto no una sino repetidas veces, conforme uno visite a sus amigos y favorecedores, debido al número limitado de modelos y a la posibilidad cierta de que los amigos de uno tengan nuestros mismos gustos. Además, si bien las muñecas no son infieles per se, tampoco se resistirán demasiado ante los embates amatorios de nuestro tío, del sodero o del ciruja que entró a robar las escasas pertenencias que nos queden tras haber gastado todo nuestro dinero en esa estúpida muñeca de silicona.
©2003-2005 Hugo Casamor

Mientras estás leyendo esto, es muy posible que yo esté luchando con mi tablero de dibujo, o con mi cuaderno de notas, intentando algún progreso ya sea con mi cómic o mi novela. De vez en cuando también hago como que trabajo para vivir, por lo que posiblemente no le esté dedicando a este weblog tanto tiempo como quisiera. Lo único que te ruego antes de emitir un juicio acerca de mi cordura o falta de ella, tengas en cuenta mi alimentación mediática: las películas de James Bond de los 70, los cómics de superhéroes de la DC, las sátiras de Mort Drucker en la revista MAD, todas las películas de asesinos seriales de los 80, Oh Wicked Wanda! en la revista Penthouse (también en los 70) y por supuesto, Robert Crumb. (El título de este weblog lo he tomado prestado de una canción de Erica Eigen que pertenece a la banda de sonido de LA NARANJA MECÁNICA, de Kubrick.) Últimos libros que he leído: ONE DAY IN THE LIFE OF IVAN DENISOVICH, de Aleksandr Solzhenitsyn (Penguin) LOS VERSOS SATÁNICOS, de Salman Rushdie (Grijalbo) Estoy leyendo: SEXO Y CARÁCTER, de Otto Weininger (Losada) BOOGIE EL ACEITOSO, de Fontanarrosa (el libraco recopilatorio que editó De la Flor) WHY I HATE SATURN, de Kyle Baker (DC USA).
Quiero casarme con un guardafaros - edición aniversario referenció
Por favor, cambiá esa cara
Ahora esta gente ha dotado a sus muñecas de silicona<...
10 Noviembre 2005 | 05:23 AM