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La Coctelera

Todo lo que amas te será arrebatado

Ideas robadas con total desparpajo y denostadas desde la más absoluta ignorancia. También dibujitos desanimados, videos, y si hay suerte, algo de música (medio de cotelé).

Categoría: Lecturas

1 Junio 2006

Ecchi na no wa ikenai to omoimasu!

Después de un hiato de casi seis meses, por un momento pensé que me había olvidado la contraseña. Estoy harto del Código Da Vinci, no lo he leído ni pienso hacerlo, tampoco he visto la película. También estoy hasta la pera del aluvión de publicidades con que los medios intentan lavarnos el cerebro para que estemos pendientes del Mundial de soccer, calcio, balompié o como quieran llamarlo. C'mon, get a life! En fin, no me quiero enrollar con esto. Estoy siguiendo unos manga que están muy buenos y que me gustaría recomendar a quienes gusten de estas cosas y no hayan leído aún:
¡AH! MI DIOSA, de Kosuké Fujishima. Editado por Norma.
MAHOROMATIC, de Bow Ditama y Bunjuro Nakayama. Editado por Ivrea.
VIDEO GIRL AI, de Masakazu Katsura. Editado por Ivrea.
Hasta hace unos años, las ediciones de manga fuera de Japón se hacían en formato comic-book de 24-32 páginas (por ejemplo, la edición de ¡AH! MI DIOSA por Planeta DeAgostini o la de VIDEO GIRL AI por Norma). Menos mal que ahora los editores locales se han puesto las pilas y están publicando en el formato japonés (tankoubon) de 180 páginas a un precio razonable. :)

Tags: manga, lecturas

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3 Enero 2006

El regreso del gordo con el traje de esqueleto

Comienzo este 2006 con unas pocas líneas que vienen a cuento de la resurrección de KILLING, que revive para el mercado USA. Esta obra cumbre de la fotonovela cutre fue creada en 1968 por el editor Pietro Granelli. Contaba las aventuras de un ladrón disfrazado con una suerte de equipo de gimnasia con algunos huesos pintados con pintura blanca que formaban el diseño de un esqueleto. El tipo iba por lo general acompañado de su asistente Dana, una rubia que estaba muy buena (al menos para los cánones de la época), y en cada episodio se las ingeniaba para darle el esquinazo a su eterno perseguidor, el inspector Mercier. Killing tenía la habilidad de disfrazarse prácticamente de cualquier persona gracias a unas máscaras especiales, y tenía un veneno llamado "la muerte verde", que provocaba una lenta y dolorosa agonía. De todos modos, Kiling no escatimaba el uso del cuchillo y la bala. Estas aventuras siempre involucraban a varios malhechores que eran asesinados salvajemente por Killing, y a un puñado de mujeres en ropa interior a las que Killing se complacía en torturar con los métodos más diversos con la pericia de un Torquemada. Eso sí, nunca desnudez total, siempre la insinuación. Poco sexo y mucha, mucha violencia. El objetivo de Killing es económico: roba a los criminales para beneficiar sus propias arcas. Aún así, la censura italiana cierra la revista en el número 19. En Francia se edita con el nombre de SATANIK (no confundir con el cómic italiano acerca de la científica desfigurada que usa una pócima para volverse hermosa -con los efectos colaterales de una locura criminal). También hubo una edición argentina, KILING, con una sola "L". Ahora la editorial Comicfix (www.comicfix.com) anuncia la reedición de las historias de Killing en 2006 para el mercado norteamericano, con el nuevo y más que adecuado nombre de SADISTIK, o séase, "sádico" (aunque la hebilla del traje del protagonista tiene una "K" grande como una toronja).
Este domingo 1° de enero me di una vuelta por el Parque Rivadavia y allí pude ver que los números viejos y sobados de Kiling se cotizan a unos 8 pesos (algo así como 2.75 dólares USA). Siempre hay quien las compra, para revivir la era de las fotonovelas cutres: KILING, GOLDRAKE, YORGA el hombre lagarto, fotoadaptaciones de viejas películas de terror y demás, que competían con los azucarados fotonovelones NOCTURNO que ocupaban gran parte de los estantes de los puestos de periódicos argentinos de entonces, cuando todavía teníamos TV en blanco y negro, poco antes de que llegaran los años de plomo.
Posdata: como curiosidad, hay una versión cinematográfica de Killing para el cine turco de principios de los 70 que se llama KILINK; se trata de una copia descarada del personaje de Granelli, que tuvo en total tres episodios de los que recuerdo dos: Kilink contra Superman y Kilink en Estambul.

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25 Octubre 2005

Dabadabadababadán... ¡Bátman!

Escribir sobre Batman tiene el inconveniente de la reiteración. A estas alturas, no se puede ignorar quien es el Hombre Murciélago, a menos que uno haya pasado toda su vida en un contenedor plástico. Eso hace bastante difícil escribir algo nuevo o interesante acerca del sujeto en cuestión, y significará, en este caso, repasar unos pocos datos sobre el Hombre Murciélago y dejar que el lector arme el resto con su propia experiencia. Pero bueno, comencemos con algo que de tan obvio se menciona rara vez: Batman es un vigilante. Esta palabra que aquí usamos para el policía de la esquina o las facturas del desayuno se aplica, en los países de lengua inglesa, a los cuentapropistas de la justicia, que pasan por alto los procedimientos habituales y buscan arreglar cuentas con los delincuentes sin recurrir a la policía o al establishment. Un arquetipo de vigilante es Paul Ryan, el personaje que interpretara Charles Bronson en EL VENGADOR ANÓNIMO (Death wish, 1974); en la vida real tenemos a Bernard Goetz, un neoyorquino más parecido a Woody Allen que a Charles Bronson, quien en 1982 mata de un balazo a un asaltante que lo aborda en el subte, mientras que si buscamos su equivalente local podríamos hablar del ingeniero Horacio Santos, quien en 1990 se carga a un par de ladrones de pasacasetes: Santos está con su mujer en una zapatería del barrio de Devoto. De pronto escucha la alarma de su auto y ve a dos hombres escapar en una cupé. Santos se sube a su auto, persigue a los ladrones y les dispara un balazo en la cabeza a cada uno. Batman se diferencia de todos estos no sólo en que no usa armas de fuego, sino en su dedicación a tiempo completo a la causa del bien tal como la entienden los guionistas de cómics.
La primera aparición de Batman data de 1939, en el número 27 de Detective Comics. Su creador Bob Kane se nutrió de diversas fuentes, entre ellas la película LA MARCA DEL ZORRO (The mark of Zorro, 1920), protagonizada por su actor favorito, Douglas Fairbanks padre. Al igual que el Zorro, Batman salta de edificio en edificio con una soga y se cambia de ropa en una cueva a la que se puede acceder a través de un reloj de péndulo. Otra película que influyó fuertemente a Kane fue The Bat whispers (1930), en la que el villano se disfrazaba con una túnica negra y una máscara de murciélago, y usaba una señal luminosa en cuyo centro se veía la sombra de un murciélago. El origen de Batman se cuenta en el número 33 y la his-toria es de sobras conocida: el doctor Thomas Wayne y su esposa Martha son asesinados a sangre fría por un ratero de poca monta ante los ojos de su hijo de 9 años, Bruce, quien decide dedicarse a vengar la muerte de sus padres combatiendo el crimen y “vengar sus muertes dedicando el resto de mi vida comba-tiendo a todos los criminales”. Entrena su cuerpo y su mente hasta límites insospechados y eventualmen-te se transforma en el protector de Gotham City, una ciudad al lado de la cual Beirut es Disneylandia. Con la creencia de que “los criminales son unos cobardes supersticiosos” Bruce se hace de un disfraz que les garantice un buen susto; una suerte de remera oscura con calzoncillos largos al tono y una capucha con forma de cabeza de murciélago. Con el paso del tiempo y los diferentes guionistas Batman fue dejan-do su lado vengativo y violento y se fue transformando en un detective científico, “el más grande detective del mundo” y una de las columnas de la National Periodical, que luego se transformaría en DC Comics., junto con Superman y Wonder Woman, los únicos tres personajes que la editorial ha publicado sin solución de continuidad desde sus comienzos. Actualmente, la idea es que Batman no busca venganza, busca evitar que alguien más sufra la pérdida que él sufrió. O, por usar las palabras de Superman en Kingdom Come, cuando uno raspa la cáscara que rodea a Batman, se encuentra con una persona que no quiere que nadie muera.
Una de las claves del éxito de Batman es su galería de villanos, comenzando por el Joker (el Guasón), creado por Jerry Robinson, uno de los mejores ayudantes que tuviera Kane, y que también fuera responsable de la creación de Robin, The Boy Wonder, el compañero de fatigas del encapotado. El tipo es un comediante fracasado completamente demente y cruel que tiene una piel blanca como la lepra y una afición por los chistes malos. Es el reverso exacto de Batman, al menos en cuanto él es totalmente caótico y amoral. Cada tanto se fuga del Arkham Asylum, el manicomio local, y se manda algunas fechorías. Mata a sus víctimas con un gas que provoca un rigor mortis similar a la mueca de la risa; luego deja un naipe como recuerdo en el lugar del crimen. Luego tenemos a Harvey Dent, quien fuera antes el fiscal de distrito, un tipo incorruptible hasta que un mafioso desfigurara la mitad de su rostro con ácido, lo que le provoca un desdoblamiento de la personalidad: ya no es “yo”, sino “nosotros”, y sus dos personalidades son detestables, aunque tiene su lado bueno de vez en cuando. Se viste con unos trajes que son mitad de un color y mitad de otro y usa una moneda de dos caras marcadas para decidir su destino. Finalmente decide dedicarse al crimen con el nombre de Two-Face, o Dos Caras; su función es representar lo que Bruce Wayne hubiera podido llegar a ser si se hubiera dejado llevar por el odio en su estado más puro.
También está Oswald Cobblepot, alias The Penguin (el Pingüino), el aristócrata del crimen, un tipo al que ninguna mujer tocaría ni con un chorro de soda; sin embargo, el Pingüino es muy inteligente y emplea esa inteligencia en matufias y contrabandos varios que le proveen de unos ingresos estables mientras planea sus golpes, y hete aquí que es un tipo muy bien conectado con cuanto informante camine por la ciudad. Su chifle particular corre por el lado de su afición por las aves y los paraguas, que siempre usa en sus latrocinios. Por su parte, Edward Nigma se decanta por el lado de los acertijos, y anuncia sus crímenes con alguna clase de adivinanza, de ahí su nombre de guerra, The Riddler (El Acertijo). Luego tenemos a los diversos malandras que tomaron el nombre de Clayface (Cara de Barro), cuyos atributos pasa-ban mayormente por la posibilidad de alterar su apariencia física y hacerse pasar por otro. El científico Victor Fries, más conocido como Mr. Freeze (Sr. Frío), no puede moverse sin su traje aislante que lo mantiene a temperaturas inhumanas; con el cerebro congelado no se puede hacer mucho. La doctora Pamela Isley (Poison Ivy, Hiedra Venenosa) es una especialista en toxinas bastante chapita que ama a los vegetales en proporción directa a su odio por los seres humanos. Selina Kyle (Catwoman, Gatúbela) es un personaje ambiguo, una prostituta retirada que se disfraza de gato (que es más o menos lo mismo, al menos en este país) y según cómo se haya levantado, ayuda a Batman o trata de liquidarlo. Otros villanos: Scarface (el villano es el muñeco, pero el loco, por supuesto, es el ventrílocuo), Killer Croc (un asesino caníbal), Scarecrow (Espantapájaros), un tipo que se disfraza para asustar a sus congéneres, y otros tantos villanos que omitiré por no hacerme pesado. Aunque no voy a omitir a Ra’s Al Ghul (Cabeza del Demonio), líder de una secta de alcance global que busca el dominio mundial. Lo interesante es que Ra’s sabe que Bruce Wayne es Batman; incluso a veces se aparece por la baticueva a saludar. El tipo quiere que Batman sea su sucesor, e incluso trata de engancharlo con su bella hija Talia: Batman se niega a poner la firma en el civil, aunque no a poner los cromosomas, ya que eventualmente se las arregla para embarazar a Talia, en la saga Batman: Son of the Demon, que está incluida en la continuidad oficial. Tengo que aclarar esto acerca de la continuidad porque el universo DC está lleno de “historias imaginarias” o elseworlds, en los que se cuentan historias que nunca han sucedido “oficialmente”, como, por ejemplo, Batman enfrentándose a Drácula en Red Rain (Lluvia roja), que finaliza con el encapotado convertido en vampiro, para hacerla completa; o Reign of Terror (Reinado de terror), que nos muestra a un Batman ambientado en la Revolución Francesa. Muchos de estos elseworlds no son más que pasatiempos sin mucho trasfondo, pero sin embargo, de vez en cuando surge alguna propuesta más que interesante, como la serie de The Dark Knight Returns (El regreso del caballero oscuro), de Frank Miller, lanzado en 1986 y responsable de buena parte de los cambios que sufriera el personaje en los 90. En esa historia tenemos a un Batman envejecido que intenta enfrentarse a un establishment que se ha vuelto casi indestructible. No quiero contar más en consideración a los tres o cuatro que aún no lo han leído y que bien harían en hacerse de un ejemplar aunque eso signifique inmolar al pobre chancho alcancía en aras de la cultura comiquera.
Afortunadamente, Batman no sólo tiene enemigos: tiene unos cuantos aliados, comenzando por su fiel mayordomo y confidente, Alfred Pennyworth. En los cómics el mayordomo ronda los 60 años, es calvo y tiene un discreto bigote. En el cine, se insiste en mostrarlo como un viejo senil de blanca cabellera, más cerca del arpa que de la guitarra. No hablemos del Alfred de la serie de TV, que servía sólo como comic relief en una serie ya de por sí absurda.
Luego tenemos al Comisionado de Policía, James Gordon. En los cómics el tipo resulta un buen aliado en medio de la corrupción policial y las intrigas políticas; en la serie de TV el tipo es un imbécil, en el ci-ne, un inepto. El Gordon de los cómics es un policía de ágil razonamiento, valiente y arriesgado, a quien Batman ha legado a ofrecerle el develarle su identidad, pero ha rehusado el ofrecimiento. Su hija Barbara, bibliotecaria de oficio, tiene sus secretos: en un principio combate el crimen como Batgirl, hasta que el Joker la deja paralítica en el especial The Killing Joke (La broma asesina), una exquisita historia con guión de Alan Moore y dibujos de Brian Bolland.
Eventualmente Batman se decide a tomar un compañero de aventuras y toma a un huérfano circense y lo pone en una suerte de pasantía superheroica, para que el niño aprenda de primera mano los dimes y dire-tes de la lucha contra el crimen. Debiéramos decir acerca de Robin, que hasta ahora tenemos contados a tres de ellos: Dick Grayson (Robin 1), el Robin original, Ricardo Tapia para los mexicanos, el joven entenado (y no entrenado, amigos) de Bruce Wayne. Eventualmente el niño crece y se convierte en Night-wing (Ala nocturna), siendo a su tiempo reemplazado por Jason Todd (Robin 2), quien acaba siendo la víctima de la miniserie A Death in the Family (Una muerte en la familia), muriendo a manos del Joker en el África debido a una desafortunada serie de eventos que comenzó cuando a los cerebros de DC se les ocurrió hacer una encuesta acerca de si liquidaban al Joven Maravilla o no, y el resultado fue decidido por unos pocos votos: 5343 por la eliminación, 5271 por mantenerlo con vida. El Robin actual es Tim Drake (Robin 3), un hacker adolescente que en sus ratos libres se dedica a resolver crímenes en su propia revista.
Otros aliados suelen ser Superman (con quien ahora comparte revista), Black Canary, Huntress, Spoiler, Sasha Boudreaux y todo aquel que haya pasado por la Justice League America (Liga de la Justicia América): Wonder Woman, Green Lantern, Flash, Atom, Hawkman, Mister Miracle y siguen las firmas. Batman no tiene una sino varias revistas: no sólo es el protagonista excluyente de Detective Comics, sino la que lleva su nombre, más diversos números especiales y miniseries. De hecho, el encapotado suele ser un personaje ubicuo, apto tanto para un barrido como para un fregado, que aparece oportunamente en cuanta revista necesite levantar sus ventas.
En 1943 Columbia Pictures lanza el serial apropiadamente titulado BATMAN, con Lewis Wilson como Batman y Douglas Croft en el papel de Robin. En vez de combatir a los habituales villanos, en esta cinta el Dúo Dinámico persigue a un espía japonés (recordemos la fecha). Seis años más tarde es el turno de Batman and Robin, con Robert Lowry y John Duncan en los papeles principales. Obviamente, estos se-riales se hacían con un presupuesto bajísimo y carecían de toda la parafernalia que luego asociaríamos con el Hombre Murciélago; por ejemplo, en vez del Batimóvil el tipo tenía un auto negro cualunque, y gracias. De todos modos, la intención era seria, a diferencia de esa sublime farsa de finales de los 60 que llevó a una suerte de estrellato de pacotilla a Adam West (Batman) y Burt Ward (Robin). Odiada por unos, amada por otros con igual intensidad, los episodios de 30 minutos eran un ejercicio en sátira kitsch en los que se exageraban las inconsistencias de los cómics. La serie con excelentes actores recurrentes: César Romero como el Guasón, Burgess Meredith como el Pingüino, Victor Buono como el Rey Tut, este último uno de los varios villanos creados especialmente para la serie: un profesor de historia bueno como el pan, que recibe un ladrillazo en la cabeza durante una manifestación estudiantil de resultas del cual se cree que es un malvado faraón egipcio. Vuelvo sobre el tema de la duración: en Estados Unidos el formato de comedia es de 30 minutos, el de las series “serias” es de una hora. Por supuesto, Batman dura-ba media hora. Al final de cada episodio dejábamos a los encapotados en alguna terrible situación de la cual saldrían airosos en los primeros dos minutos del próximo episodio. Esta serie popularizó entre noso-tros las versiones mexicanas de los nombres de los protagonistas que luego leeríamos en las ediciones de la Editorial Novaro: Bruce Wayne era “Bruno Díaz”, Dick Grayson era “Ricardo Tapia” y el Comisiona-do Gordon era el “Comisionado Fierro”. Sin embargo, Alfred no era “Alfredo”. La serie sólo duró dos temporadas (1966-68) y luego pasó a mejor vida. Más adelante, Batman volvería a la TV, pero en forma de cartoon: primero en la olvidable The New Adventures of Batman and Robin (Las nuevas aventuras de Batman y Robin, 1977-78), que contaban con el insoportable Bat-mite (Batiduende) y terminaban cada episodio con una bati-moraleja. Mucho después, en 1992, Bruce Timm y Paul Dini lanzarían Batman: The Animated Series, un éxito que renovó las técnicas de animación y dio lugar a varias continuaciones.
Vamos con el celuloide, con las películas: tenemos la de Leslie Martinson con West y Ward y algunos villanos de la serie de TV, las dos de Tim Burton, las dos de Joel Schumacher, la de Christopher Nolan.
La película de Martinson (1966) es un subproducto de la serie de TV, y si la consideramos en ese contex-to, no está ni mejor ni peor que la serie. Los diálogos son terribles, las situaciones son imposiblemente irreales y sin embargo la película funciona, sin duda en gran medida debido a que contiene cuatro villa-nos emblemáticos: Joker (César Romero), Penguin (Burgess Meredith), Riddler (Frank Gorshin) y Cat-woman (Lee Meriwether en reemplazo de Julie Newmar, que seguramente tenía cosas mejores que hacer).
La primera película de Burton (1989) le inyectó nueva vida al personaje, que venía en franca decadencia desde la cancelación de la serie de TV en 1968. Uno recuerda aún hoy el aluvión de merchandising, y el atrozmente simpático Batman Club, perpetrado por Macu Mazzuca en las tardes de canal 13. Por supues-to, la película ES Jack Nicholson como el Joker, más allá de la alucinógena ambientación de Anton Furst y la correctísima actuación de Michael Keaton como Bruce Wayne/Batman.
La segunda película (1992) se enfrentaba al problema de cómo igualar el poder estelar de la primera: ya no se podía reutilizar el Joker, ya que Batman lo había arrojado desde lo alto de un campanario y además Nicholson ya estaba en otra cosa. Se recurre a dos villanos del cuarteto de los 60, esta vez Danny de Vito (con toneladas de maquillaje) como el Penguin y Michelle Pfeiffer como Catwoman, quien esta vez no es una prostituta, sino una humilde dactilógrafa al servicio de Christopher Walken. No tan buena como la primera, o casi. Prosigue la política de la empresa de liquidar a los villanos: el Penguin muere ahogado y Catwoman electrocutada (sí, sí, ya sé que al final se ve la silueta, pero ¿volvió a aparecer en la serie? –el bodrio de Halle Berry no cuenta).
En la tercera película (1995) los productores debían causar un cierto impacto que limitara el daño causado por la deserción del director Burton, reemplazado esta vez por un sucedáneo de menor calidad. Con esa idea en mente, introducen a Dick Grayson/Robin (Chris O’Donnell), con lo que eliminan la idea de la cruzada solitaria que tan bien había funcionado en las dos entregas anteriores. Usan el último de los bue-nos villanos de los 60 y contratan a Jim Carrey, un excelente mimo con facilidad para la comedia, fres-co del éxito de La Máscara (The Mask, 1994), para el papel del Riddler. Para completar el par de villanos de rigor reemplazan a Billy Dee Williams (quien ya fuera Harvey Dent en la película de 1989) por Tommy Lee Jones, un buen actor pero que sin embargo naufraga en una película que aburre luego de los primeros diez minutos. El golpe de gracia lo asesta un Val Kilmer ya en decadencia con su aburrida in-terpretación de un Bruce Wayne casi subnormal. En fin.
La cuarta película (1997) cuenta (inexplicablemente) con el retorno de Schumacher, pero (afortunada-mente) no con el de Kilmer, aunque (desgraciadamente) con el casting de George Clooney (quien co-menzaba a gozar de una cierta fama como el Dr. Doug Ross en la serie ER) como Bruce Wayne/Batman, Uma Thurman (luego de Pulp Fiction) como Poison Ivy y el actual gobernador de California como Mr. Freeze. De nuevo, la película es un frenesí de ruido visual que no lleva a ninguna parte, ni nos interesa. Seguimos agrandando la bati-familia, esta vez con la inclusión de Batgirl (Alicia Silverstone), pero la co-sa no resulta. Los productores deciden esperar un poco, más exactamente unos ocho años, para probar con otro ángulo.
Y acá me pregunto... ¿quién ha sido el cráneo al que se le ha ocurrido traducir Batman Begins como Bat-man INICIA? Aunque más no sea, podrían haberle interpuesto un "se", como para morigerar un poco la gravedad de la ofensa. He visto la película y me ha gustado. Aunque, después de las últimas, olvidables entregas con Val Kilmer y George Clooney... hasta Bob Esponja haciendo de Batman sería un progreso. El inglés Christian Bale vuelve a hacerse el psicópata americano, aunque esta vez la va de psicópata bueno --todos sabemos que el tal Bruce Wayne es carne de diván; nadie con un poco de sensatez va a an-dar saltando por los callejones en calzoncillos largos. Para más heroicidades de Mr. Bale, sacar del video-club: Equilibrium, una suerte de Matrix de pacotilla con elementos de 1984 en la que Bale es un clérigo experto en gunkata que destaza enemigos por docenas. En otro orden de cosas, tenemos a Michael Caine que se prende en todas (desde bodrios infumables de Steven Seagal hasta la última de Austin Powers), y puedo decir que el tipo no desentona con su acento cockney, pero... ¿¡qué hace Morgan Freeman en una película de Batman!? (pienso en sus películas con Clint Eastwood y me digo que lo tenía por un actor más serio, aunque ahora que recuerdo... no era éste el que hizo de Dios en esa película de Jim Carrey...? También lo he visto---no, oído como el narrador de la reciente Guerra de los Mundos, por lo que me parece que Mr. Freeman debe estar amarrocando para asegurarse una buena jubilación). Acerca del argumento: volvemos a los inicios, como hicieran Frank Miller y David Mazzucchelli en su brillante miniserie Batman: Year One. En esta entrega vemos a Bruce Wayne iniciando su carrera como vigilante desde cero, y lo vemos confeccionando sus armas, recibiendo su entrenamiento y enfrentándose a sus primeros adversarios. La idea que nos deja la cinta (especialmente en su primera mitad) es la de un Batman posible, creíble, humano, muy alejado de las payasadas de Adam West o la vacía coreografía de las dos últimas entregas.
Con respecto al casting: Christian Bale es un excelente Bruce Wayne/Batman; su interpretación está a la par con la de Michael Keaton en la película de 1989, y por momentos incluso la supera, con la mezcla justa de dureza y vulnerabilidad que el personaje requiere. Gary Oldman es excelente como un conflic-tuado James Gordon, que, a diferencia de sus otras encarnaciones, no es un cretino rematado ni un inútil pasivo, sino que por el contrario, toma parte activa en el desenlace de la trama. Ralph Fiennes es un Ra’s Al Ghul bastante efectivo, mientras que Cillian Murphy hace lo que puede con su exiguo papel como Scarecrow. Morgan Freeman hace de Morgan Freeman haciendo de Lucius Fox, y sin embargo funcio-na bien dentro del conjunto. Una curiosidad: para ser alguien cuya vida depende del hecho de mantener su doble identidad en secreto, Bruce Wayne es bastante transparente. Hasta ahora, en cada película le revela su identidad a su interés amoroso de turno: lo hace con Kim Basinger, lo hace con Nicole Kidman… y en esta entrega también lo hace con Katie Holmes. En fin, detalles.
Tal vez la idea principal de Batman, lo que se les escapa a veces a los guionistas de cine, es la humanidad de Bruce Wayne. Batman no tiene superpoderes; sólo es un ser humano entrenado al tope de sus capacidades físicas y mentales. En teoría, todos podríamos ser Batman si pusiéramos el suficiente empeño. Eso lo diferencia, por ejemplo, de Superman, que es inalcanzable. Qué gracia, si las balas le rebotan. En cambio, Batman es sólo carne y sangre, como ya se comprobara cuando en la saga Knightfall el villano Bane le partiera la columna vertebral como si fuera un escarbadientes. ¿A qué vamos con esto? Tal vez a que Batman, con toda su oscuridad y conflicto interno, simboliza la posibilidad de sobreponerse a un destino terrible y enfrentarlo con las pocas armas que nos queden en nuestro cinturón de utilidades.

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14 Octubre 2005

Mis libritos

Al final me puse las pilas y actualicé la lista de mis libros. No son tantos, pero toma trabajo organizarlos.
FICCIÓN
AA.VV. 50 poesías del milenio. Plaza & Janés, 2001.
AA.VV. El costumbrismo 1910-1955. Centro Editor de América Latina, 1980.
AA.VV. El cuento argentino. Centro Editor de América Latina, 1979.
AA.VV. El cuento argentino 1900-1930. Centro Editor de América Latina, 1980.
Woody Allen. Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Tusquets, 1991.
Woody Allen. Perfiles. Tusquets, 1981.
Woody Allen. Without Feathers. Ballantine, 1983.
Paul Auster. The New York Trilogy. Penguin, 1990.
Max Beerbohm. El hipócrita feliz. Norma, 1999.
Saul Bellow. Herzog. Penguin, 1971.
Giovanni Boccaccio. El Decamerón. Orbis, 1999.
Jorge Luis Borges. El Aleph. Alianza Emecé, 1971.
Jorge Luis Borges. Ficciones. Alianza Emecé, 1991.
Ray Bradbury. The Martian Chronicles. Bantam, 1988.
Charles Bukowski. Mockingbird Wish Me Luck. Black Sparrow Press, 1998.
Truman Capote. Féretros tallados a mano. Trespuntos, 1998.
Andrea Camilleri. Un mes con Montalbano. Emecé, 2000.
Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas. Edicomunicación, 1998.
Miguel de Cervantes. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Óptima, 1998.
Raymond Chandler. Killer in the Rain. Penguin, 1969.
Tom Clancy. Executive Orders. Harper Collins, 1996.
Joseph Conrad. La línea de sombra. Ediciones B, 1998.
Julio Cortázar. El perseguidor y otros relatos. Bruguera, 1980.
Eduardo de la Puente. Por qué tardé tanto en casarme. Sudamericana, 2003.
Alejandro Dolina. Crónicas del Ángel Gris. Ediciones de la Urraca, 1988.
Alejandro Dolina. El Libro del Fantasma. Colihue, 2002.
Bret Easton Ellis. American Psycho. Vintage, 1991.
Frederick Forsyth. The Fourth Protocol. Bantam, 1985.
Robert Fulghum. Todo lo que hay que saber lo aprendí en el jardín de infantes. Emecé, 2004.
Gabriel García Márquez. Cien años de soledad. Cátedra, 1999.
John Grisham. The Firm. Dell, 2003.
Dashiell Hammett. Cosecha roja. Alianza, 1980.
Thomas Harris. Hannibal. Mondadori, 1999.
José Hernández. Martín Fierro. Alianza, 1999.
Nick Hornby. High Fidelity. Penguin, 2000.
Enrique Jardiel Poncela. Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?. Biblioteca Nueva, 1997.
Alfred Jarry. Todo Ubú. Bruguera, 1980.
Jack Kerouac. On the Road. Penguin, 1976.
Jack Kerouac. The Portable Jack Kerouac. Viking, 1985.
Rudyard Kipling. The Day's Work. Oxford University Press, 1987.
D. H. Lawrence. El amante de Lady Chatterley. Ediciones B, 1997.
Ross Macdonald. Dinero negro. Alianza Emecé, 1974.
Sergio Marchi. Cinta testigo. Sudamericana, 2002.
Alberto Moravia. Cuentos romanos. Alianza, 1984.
Giovanni Papini. Lo trágico cotidiano. El piloto ciego. Palabras y sangre. Hyspamérica, 1985.
Alan Parker. El beso del incauto. Emecé, 2003.
Edgar Allan Poe. Narraciones extraordinarias. Círculo de Lectores, 1971.
Ezra Pound. Disfraces. Mondadori, 1999.
Mario Puzo. The Godfather. Signet, 1978.
Rainer Maria Rilke. Versos de un joven poeta. Mondadori, 1999.
Salman Rushdie. Los versos satánicos. Plaza & Janés, 2002.
J. D. Salinger. The Catcher in the Rye. Little, Brown, 1991.
Aleksandr Solzhenitsyn. One Day in the Life of Ivan Denisovich. Penguin, 1990.
John Steinbeck. Las uvas de la ira. Círculo de Lectores, 1973.
Bernard Shaw. Androcles and the Lion. Penguin, 1985.
Malba Tahan. El hombre que calculaba. Tabriz, 1982.
H. G. Wells. The War of the Worlds. Penguin, 1964.
NO FICCIÓN
Theodor W. Adorno. Crítica cultural y sociedad. Sarpe, 1984.
Theodor W. Adorno. Teoría estética. Orbis, 1983.
Natalie Angier. Mujer: una geografía íntima. Debate, 2000.
Michelángelo Antonioni. Más allá de las nubes. Mondadori, 2000.
Ariel C. Arango. Las malas palabras. Sudamericana, 2000.
Aristóteles. Metafísica. Sarpe, 1985.
Gustavo Adolfo Bécquer. Poética. Narrativa. Papeles personales. Alianza, 1970.
Héctor Ángel Benedetti. Las mejores letras de tango. Planeta, 2000.
Paul Auster. The Invention of Solitude. Penguin, 1988.
André Breton. Los pasos perdidos. Alianza, 1972.
Albert Camus. El mito de Sísifo. Losada, 2004.
Richard Carlson. Don't Sweat the Small Stuff for Men. Hyperion, 2001.
Abelardo Castillo. Ser escritor. Perfil Libros, 1997.
Noel Clarasó. El arte de perder el tiempo. José Janés, 1948.
Charles Darwin. El origen de las especies. Sarpe, 1983.
Thomas De Quincey. Los últimos días de Emmannuel Kant y otros escritos. Hyspamérica, 1985.
Marcelo Di Marco. Hacer el verso. Sudamericana, 1999.
John Douglas & Mark Olshaker. Journey into Darkness. Arrow, 1998.
Umberto Eco. Seis paseos por los bosques narrativos. Lumen, 1996.
Charles Harrington Elster. The Big Book of Beastly Mispronunciations. Houghton Mifflin, 1999.
Nancy Etcoff. Survival of the Prettiest. Anchor, 1999.
Federico Fellini, Milo Manara. El viaje de G. Mastorna, llamado Fernet. Ediciones B, 1996.
Anne Frank. The Diary of a Young Girl. Bantam, 1993.
Sigmund Freud. Ensayos sobre sexualidad. Sarpe, 1985.
Sigmund Freud. Introducción al psicoanálisis (2t.). Sarpe, 1984.
Gilbert Gadoffre. Certidumbres e incertidumbres de la historia. Norma, 1997.
Mahatma Gandhi. Autobiografía. Shila, 1983.
Gabriel García Márquez. Cómo se cuenta un cuento. Random House Mondadori, 2004.
Gabriel García Márquez. Obra periodística, 1: textos costeños. Sudamericana, 1993.
Gabriel García Márquez. Obra periodística, 2: entre cachacos. Sudamericana, 1995.
Martin Gardner. Izquierda y derecha en el cosmos. Salvat, 1985.
Martin Gardner. Miscelánea matemática. Salvat, 1986.
Jeffrey Gitomer. The Sales Bible. Wiley, 2003.
Robert Graves. Los mitos griegos. Hyspamérica, 1985.
A. C. Grayling. La razón de las cosas. Emecé, 2003.
Stephen Hawking. Historia del tiempo. Grijalbo Mondadori, 1997.
Georg Hegel. Introducción a la historia de la filosofía. Sarpe, 1983.
Heródoto. Los nueve libros de la Historia (2t.). Hyspamérica, 1985.
José Ingenieros. El hombre mediocre. Losada, 1966.
Eugene Ionesco. El hombre cuestionado. Emecé, 2002.
Stefan Kanfer. Groucho. Penguin, 2001.
Edward Kasner & James Newman. Matemáticas e imaginación. Hyspamérica, 1985.
Sören Kierkegaard. Tratado de la desesperación. Edicomunicación, 1994.
Stephen King. Mientras escribo. Plaza & Janés, 2001.
Santiago Kovadloff. Ensayos de intimidad. Emecé, 2002.
Andrew Loomis. Dibujo de cabeza y manos. Edicial, 1991.
Andrew Loomis. Dibujo de figura en todo su valor. Edicial, 1991.
Nicolás Maquiavelo. El príncipe. Alianza Materiales, 1992.
Karl Marx. El Manifiesto Comunista. Sarpe, 1985.
Michel de Montaigne. Ensayos (2 t.). Garnier, 1912.
Friedrich Nietzsche. El anticristo. Edicomunicación, 1997.
Friedrich Nietzsche. Así hablaba Zaratustra. Edicomunicación, 1997.
Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra. Sarpe, 1983.
Friedrich Nietzsche. La gaya ciencia. Sarpe, 1984.
Friedrich Nietzsche. Más allá del bien y del mal. Alianza, 1985.
José Ortega y Gasset. La deshumanización del arte y otros ensayos sobre estética. Óptima, 1998.
José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas. Óptima, 1998.
Ricardo Palma. Tradiciones peruanas. Norma, 1991.
Marco Polo. La descripción del mundo. Hyspamérica, 1985.
Francoise Prévost. Recetas de cocina para inútiles. Ediciones B, 1991.
Frederic Raphael. Aquí Kubrick. Mondadori, 1999.
Paul Reiser. Esta bendita manía de vivir en pareja. Atlántida, 1996.
Jon Ronson. Them. Picador, 2001.
Hazel Rossotti. Introducción a la química. Salvat, 1985.
Bertrand Russell. El conocimiento humano. Orbis, 1983.
Bertrand Russell. La conquista de la felicidad. Debate, 2001.
Bertrand Russell. Elogio de la ociosidad. Edhasa, 1986.
Bertrand Russell. Por qué no soy cristiano. Sudamericana, 1977.
Bertrand Russell. Religión y ciencia. Fondo de Cultura Económica, 1987.
Valerie Solanas. Manifiesto de la organización para el exterminio del hombre. Perfil Libros, 1997.
Arthur Schopenhauer. Aforismos sobre el arte de saber vivir. Debate, 2001.
Baruch Spinoza. Ética. Sarpe, 1984.
Lee Strasberg. Strasberg at the Actor's Studio. Viking Compass, 1968.
William Strunk, Jr. & E. B. White. The Elements of Style. Macmillan, 1979.
A. J. Thomson & A. V. Martinet. A Practical English Grammar, Second Edition. Oxford University Press, 1977.
Carlos Ulanovsky. Cómo somos. Sudamericana, 2003.
Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida. Óptima, 1998.
Miguel de Unamuno. Diario íntimo. Alianza, 1998.
Vatsayana. Kama Sutra y Ananga Ranga. Plaza & Janés, 1988.
Voltaire. Cartas filosóficas y otros escritos. Sarpe, 1985.
Otto Weininger. Sexo y carácter. Losada, 2004.
Héctor Yánover. Memorias de un librero. Planeta, 1997.
Stefan Zweig. Tres maestros. Norma, 1998.
REFERENCIA
José Ferrater Mora. Diccionario de filosofía de bolsillo (2t.). Alianza, 1983.
Enrique Fontanillo, Ma Isabel Riesco. Diccionario de sinónimos y antónimos. Plaza y Janés, 1995.
Mike González. Spanish Dictionary. Collins, 1987.
Manual de estilo. Clarín, 1997.
Merriam Webster's Pocket Guide to Synonyms. Merriam-Webster, 1995.
Real Academia Española. Diccionario de la lengua española (2t.). Espasa, 2000.

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14 Octubre 2005

Judgment over Gotham

Últimamente me estoy dedicando a rellenar los huecos en mi colección de cómics. El sábado pasado me he hecho de una copia de JUDGMENT ON GOTHAM, el primer crossover entre Batman y Judge Dredd (al que seguirían VENDETTA ON GOTHAM y THE ULTIMATE RIDDLE). Este ejemplar data de 1991, y le tenía ganas desde hace casi tres lustros, cuando me enteré de su existencia a través de la fallecida revista COMICS SCENE. Guión de Alan Grant, dibujos de Simon Bisley. Un estilo muy particular que se adecua perfectamente a la locura de semejante crossover. El énfasis está en el lado de Dredd, con su mejor villano, Judge Death, el chalado que razona así: "puesto que todos los crímenes son cometidos por los que viven, entonces la vida en sí debe ser un crimen". Por el lado de Batman, el Scarecrow se limita a un papel de comparsa; el único sidekick del crossover es la Judge Anderson, que con sus poderes mentales ayuda a Batman a capturar a Death. Dredd no hace mucho salvo su habitual rutina fascistoide. El humor de Grant y el estilo luminoso de Bisley ayudan a levantar el clima de este crossover, poblado mayormente por personajes siniestros. La pregunta del millón es: ¿me gustó? Sí, mucho; aunque seguramente ayuda al disfrute el hecho de haber leído algunas historias de Dredd y haber visto la mediocre película con Stallone y Armand Assante.

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10 Septiembre 2005

Las listas de Wilde y otras divagaciones sobre libros y lecturas

Hacía mucho tiempo que no revolvía las bateas de usados de Libertador (Corrientes casi Talcahuano), pero hoy he ido y me he llevado una copia en buen estado de LOS VERSOS SATÁNICOS, de Salman Rushdie, un libro que me despierta cierta curiosidad. ¿Era para tanto? Un par de horas antes me he dejado ver por Lucas (Corrientes casi Libertad) y me he alzado con una copia de ENSAYOS DE INTIMIDAD, de Santiago Kovadloff, de modo que ya tengo qué leer este fin de semana que se plantea màs bien pluvial. Sin embargo, tengo pensado invertir las horas de este finde en el tablero, puliendo algunos bocetillos. Mientras tanto, republico esto que salió originalmente en EL PASAJERO y que creo que tiene su interés:
Revolviendo las bateas de mi habitual rebusque de libros usados me pongo a hojear una recopilación de ensayos de Oscar Wilde, y doy con uno que clasifica los libros en tres categorías: los que uno debiera leer, los que uno debiera releer y los que uno no debiera tocar ni con un chorro de soda. Para Wilde, esta última lista (la de los libros a evitar) es la más importante.
La vida es corta y los libros son muchos. Ya calculaba Gabriel Zaid en 1972: "Leyendo un libro por semana, se requieren treinta años para leer lo que se publica en un día"(1). Uno se va a la Biblioteca del Congreso y recorre las fichas de los libros que nunca leerá, y decide hacerse un plan de lecturas. ¿Cómo puede uno morirse sin haber leído al menos una obra de _________? (Espacio a rellenar por el lector.)
Y el problema sigue siendo el tiempo. A menos que uno sea un prosélito de ILVEM, uno lee despacio, degustando cada palabra –y a veces sucede que uno simplemente no desea que el libro se termine. Neruda: "Un bibliófilo pobre tiene infinitas ocasiones de sufrir. Los libros no se le escapan de las manos, sino que le pasan por el aire, a vuelo de pájaro, a vuelo de precios."(2) Sin embargo, existen las librerías de saldos y usados. La avenida Corrientes, los puestos de Parque Rivadavia, los de Plaza Italia. Lugares donde uno encuentra lo que necesita a fuerza de perseverancia y mucha paciencia para revolver en las bateas hasta encontrar la pieza buscada. Pongamos por caso una edición del PRÍNCIPE de Maquiavelo sin las anotaciones que suelen atribuirse a Napoleón: uno va y encuentra una edición con las anotaciones, y la rechaza. Vuelve a los tres días, y encuentra una sin las anotaciones, pero a la que le faltan veintidós páginas y tiene una quemadura de cigarrillo en la tapa. A la semana da con una edición relativamente reciente, pero con las notas, al precio de un trasplante de hígado. A los dos meses (o a los seis, o a los dos años) encuentra la edición que buscaba, en un estado aceptable (sin tachaduras, anotaciones hechas con marcador indeleble o dibujos infantiles) y a un precio razonable (o al menos regateable). Y si no, siempre nos quedan las bibliotecas públicas.
Montaigne: "No me muerdo las uñas si hallo dificultades al leer; ahí los dejo, tras haberles hincado el diente dos o tres veces.
"Si en ellas me emperrara, me perdería y también perdería el tiempo; pues tengo una mente primaria. Lo que no veo de entrada, menos lo veo obstinándome en ello... Si este libro me resulta enfadoso, cojo otro; y sólo me dedico a él en las horas en que el aburrimiento de no hacer nada empieza a apoderarse de mí."(3)
Y uno tiene una pila (considerable a estas alturas) de libros que intenta leer, pero por alguna razón inextricable le resultan más bien arduos, aunque uno no pierde las esperanzas. No he podido pasar del segundo capítulo de la METAFÍSICA de Aristóteles, y a veces me pregunto: ¿se tratará de algún problema glandular, falta de fósforo o simplemente mi destino? Lo mismo me pasa con la TEORÍA ESTÉTICA de Adorno, y con algunos otros.
Tal vez uno debiera prepararse una versión personal de las listas de Wilde. Las dos primeras son relativamente fáciles de compilar, tal vez en base a preguntas tradicionales como:
Si pudiera llevarme ocho libros a una isla desierta, ¿cuáles llevaría?
¿Cuáles libros intentaría salvar de un incendio?
Acá van dos listas parciales e incompletas como para que el lector pueda tener un punto de partida para armar las suyas con sus coincidencias y disidencias:
Leer (al menos una vez):
Julio Cortázar, RAYUELA
Nick Hornby, ALTA FIDELIDAD
Albert Camus, LA PESTE
Camilo José Cela, LA COLMENA
Stephen Hawking, HISTORIA DEL TIEMPO
Maquiavelo, EL PRÍNCIPE
Releer (y conservar):
Michel de Montaigne, ENSAYOS
Robert Graves, LOS MITOS GRIEGOS
Jorge Luis Borges, FICCIONES
Jorge Luis Borges, EL ALEPH
John Steinbeck, LAS UVAS DE LA IRA
Bertrand Russell, POR QUÉ NO SOY CRISTIANO
(En realidad, ambas listas contienen libros leídos, y que por lo general, uno conserva. Pero por lo general uno ha leído unos cuantos libros más de los que posee. Alejandro Rozitchner suele contestar a quienes le preguntan si ha leído todos los libros que tiene en su biblioteca: "No he leído ni la mitad de los libros que tengo, y no tengo ni la mitad de los que he leído".)
La tercera lista también contiene libros leídos, al menos parcialmente (contiene libros leídos parcialmente y contiene parcialmente libros leídos). En ella entran los apóstoles del pensamiento positivo, los psicólogos televisivos y los aforistas vernáculos.
Posdata de septiembre de 2005: revisando la lista de mis libros, muy posiblemente quitaría algunos y agregaría otros. No termino de determinar si eso es bueno o malo.
NOTAS
(1) Gabriel Zaid, LOS DEMASIADOS LIBROS, Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1972, p. 28; cálculo basado en los 500 mil títulos editados en 1970.
(2) Pablo Neruda, CONFIESO QUE HE VIVIDO, Buenos Aires, Círculo de Lectores, 1975, p. 292.
(3) Michel de Montaigne, "De los libros", en MAESTRO DE VIDA, Barcelona, Debate, 2000, pp. 86, 87.
Partes de este post fueron previamente publicadas en EL PASAJERO Nº25 y en QUIERO CASARME CON UN GUARDAFAROS.
©Hugo Casamor 2004-2005

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8 Septiembre 2005

Solzhenitsyn: 24 horas de frío siberiano

Estos últimos días estoy dedicando mucho tiempo a mis planchas de bocetos, con el consiguiente descuido del resto de mi agenda, incluido este weblog :). En mis ratos libres he estado leyendo UN DÍA EN LA VIDA DE IVAN DENISOVICH, de Aleksandr Solzhenitsyn. No puedo dejar de recomendarlo a todo aquel que esté cansado de su trabajo, de sus condiciones de vida; nunca va a ser taaaaan penosa como la Iván Denisovich Shukhov. Como ese cuento del Infante Don Juan Manuel en el que un hombre se quejaba de que no tenía zapatos... hasta que se topó con alguien que no tenía pies. Por supuesto que uno sabe que es una obra de ficción, pero es una ficción basada en miles de historias reales, entre ellas la del propio Solzhenitsyn. El título se explica solo: son simplemente algo menos de 24 horas en la vida de un preso político en la Siberia de la época estalinista. 24 horas en las que no sucede nada extraordinario, tal vez porque todo lo es en la vida miserable de Ivan Shukhov y sus compañeros de la barraca 104, comenzando por la mera supervivencia. Shukhov es un excombatiente ruso enviado a la cárcel por espionaje (consigue escapar de un campo alemán de prisioneros y la recompensa que obtiene son 10 años en Siberia). Esto no es un best seller, no es Le Carré, no es Tom Clancy: es el relato de las pequeñas miserias y alegrías de la vida en el gulag. Hacía bastante que quería conseguir una buena traducción, al final ayer me lo compré en la edición británica de Penguin, 143 páginas. Le doy 5 ugitos sobre 5. Ahora, para desintoxicarme de tanta buena lectura, espero enrollarme con THE FOURTH PROTOCOL, de Frederick Forsyth, que compré esta mañana. Ya lo había leído en la versión española (de P&J, creo), pero nunca es lo mismo como la original. (Todavía me corre un escalofrío por la espalda cuando recuerdo la traducción de Ediciones B de AMERICAN PSYCHO...)

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6 Septiembre 2005

Manga

Uno podría comenzar este artículo sacando de su bola Pokèmon una lista de cosas que no teníamos hace 30 años: los cibercentros, las máquinas boleteras en los colectivos, Luisana Lopilato, los discos compactos, los videoclubes, el manga… ¿No había manga en las comiquerías? En la década del 70, las comiquerías ni siquiera existían como tales y los cómics no eran fáciles de conseguir. Los importados llegaban discontinuamente, eran caros y no muy buenos. Algunas (escasas) ediciones españolas de Vértice –La Masa (Hulk), Los 4 Fantásticos, El Hombre de Hierro, entre otros, con tapa color, interior blanco y negro y una historia macabra en las últimas páginas—, algunas mexicanas de Novaro en las que Barry Allen era Bruno Alba, Oliver Queen era Oliverio Reina y así por el estilo: Supermán (con acento en la última vocal), Batman el Hombre Murciélago, Susy (secretos del corazón) y poco más. Lo nacional consistía en un atiborramiento de mamotretos ilegibles con, por lo general, malos dibujos, poco color y un exceso de texto: todo lo de Columba (El Tony, D'Artagnan, Fantasía, Intervalo) y las varias de Record, de un nivel algo superior, al menos en cuanto a la parte gráfica. Más allá de eso, algunas ediciones a bajo precio en formato apaisado como Piturro, Las travesías de Fitito o Don Nicola. Fue por esa época que los argentinos conocimos el animé con casi una década de retraso. Nótese que digo animé, y no digo manga. El manga es el cómic japonés; el animé es el dibujo animado. Decíamos, entonces, que en los 70 los argentinos trabamos conocimiento con el animé, ya que no con el manga, a través de clásicos como Astroboy, Kimba el león blanco o Meteoro el rey de las pistas. Tanto Astroboy como Meteoro tuvieron sus respectivas revistas argentinas: la de Astroboy era de formato apaisado en blanco y negro, la de Meteoro era de tamaño magazine y a color. Ambas tenían guión y dibujo nacional, y eran simples cómics occidentales con los planteos estéticos de la época. Sin embargo, tanto uno como otro habían nacido en Japón en forma de manga. La animación era sólo un producto secundario.
Astroboy (Tetsuwan Atomu), de Osamu Tezuka, transcurría en el año 2000, en un mundo más cercano a la utopía que al apocalipsis. El personaje central era un robot construido a imagen y semejanza del hijo de su creador, muerto en un accidente. Las historias eran más bien pueriles, pero autoconclusivas y absolutamente disfrutables.
Meteoro (Mach Go Go Go), de Tatsuo Yoshida, estaba basado en un manga de escaso éxito en Japón; sin embargo, este animé llegó a convertirse en objeto de culto en el mundo occidental. La trama giraba alrededor de las aventuras de un corredor japonés (Go Mifune) y su auto trucado, en una mezcla de acción, sensiblería y comedia ligera.
De la mano del éxito de estos primeros animés llegaron otros: Heidi, Mazinger Z, Robotech, Candy Candy, Capitán Raymar. Y mucho, pero mucho después, Sailor Moon, Caballeros del Zodiaco, Dragonball Z y un etcétera demasiado largo para un artículo tan elemental como éste.
Recién a mediados de los 80 hace irrupción en nuestro mercado el manga propiamente dicho con Akira, un manga épico-apocalíptico de Katsushiro Otomo que les abrió la cabeza a más de cuatro. Sin embargo, en Japón la cosa había comenzado mucho antes, de la mano del ya mencionado Osamu Tezuka (1928-1989), el creador del manga actual y quien dota al género de su estética tan particular. En 1947 el tipo se descuelga con un manga en forma de libro llamado La nueva isla del tesoro, inspirado en la obra de Robert Louis Stevenson y que no sólo es un éxito en ventas (400 mil ejemplares) sino que establece una fuerte influencia sobre toda una generación de nuevos autores. Sin embargo, el manga era visto como algo para el público infantil, hasta que en 1957 Yoshihiro Tatsumi inaugura el gekiga (manga basado en historias dramáticas) con su Yurei Takushi.
Una mínima cronología para memorizar y luego lucirnos ante nuestros amigos y favorecedores:
1947. Osamu Tezuka publica Shintakarajima (La nueva isla del tesoro).
1952. Tezuka publica Tetsuwan Atomu (Astroboy).
1963. Tetsuwan Atomu es el primer dibujo animado japonés.
1965. Tatsuo Yoshida publica Mach Go Go Go (para los yanquis, Speed Racer, para nosotros, Meteoro).
1969. Golgo 13, de Takao Saito.
1970. Doraemon, de Fujio Fujiko.
1972. Mazinger Z, de Go Nagai; Science Ninja Team Gatchaman (Fuerza G), de Tatsuo Yoshida.
1976. Captain Harlock (en Argentina, Capitán Raimar), de Leiji Matsumoto.
1980. Domu (Pesadillas), de Katsushiro Otomo.
1982. Comienza a emitirse la serie animada Macross.
1984. Dragonball (Akira Toriyama), Akira (Katsushiro Otomo).
1987. Ranma Nibunnoichi (Ranma ½), de Rumiko Takahashi.
1989. Ghost in the Shell, de Masamune Shirow.
1992. Bishojo Senshi Sailor Moon (Sailor Moon), de Naoko Takeuchi.
1995. Estreno de la serie de TV Neon Genesis Evangelion.
El manga contiene toda una serie de convenciones a las que el lector occidental no suele estar acostumbrado. La más importante es el sentido de lectura (de derecha a izquierda), aunque eso suele solucionarse en las ediciones occidentales mediante el "espejado" o inversión de las planchas, aunque a veces se mantiene el sentido original, dependiendo de la serie (hay autores que no permiten que se "espejen" sus cómics).
El estilo de dibujo varía de acuerdo al género: no es lo mismo un gekiga que una comedia, aunque por lo general el estilo también varía dentro de un mismo cómic de cuerdo a la situación: más realista para las situaciones dramáticas o de acción, burdo y grotesco para los pasos de comedia.
Y acá me permito recordar que estamos hablando del cómic de un pueblo acostumbrado a comunicarse con ideogramas (kanji); tal vez por eso mismo, el dibujo de manga es una suerte de ideograma per se que no puede medirse con los mismos cánones con los que analizamos, por ejemplo, un cómic de Alex Raymond o José Luis Salinas.
En su forma más difundida, el estilo japonés de dibujo es inconfundible: ojos muy grandes en relación con el resto de la cara, escaso detalle en la anatomía, profusión de líneas de movimiento y onomatopeyas.
Así como para nosotros una o varias estrellas significan dolor, o una Z significa sueño, para los lectores de manga una gigantesca gota de sudor o un enjambre de pulpitos marcan el momento de incomodidad por el que pasa un personaje. Un telón de fondo negro implica dramatismo, pero ese mismo telón rasgado por un rayo de luz significa una revelación repentina.
Un manga puede durar miles y miles de páginas, pero tiene una duración limitada, a diferencia de cómics occidentales como los ya mencionados Superman o Batman. Asimismo, en el manga los equipos creativos se mantienen sin cambios: en este hemisferio, en cambio, hablamos del Batman de Neal Adams y del de Frank Miller, del Eternauta de Solano y del de Breccia.
Otra peculiaridad que tal vez resulte difícil de digerir para la mentalidad occidental son los criterios de censura tal como los explica Andrés Accorsi: “La ley prohíbe mostrar vello púbico, órganos genitales y actos sexuales, pero sólo de adultos. Nada dice sobre chicos y chicas aún impúberes y eso explica la proliferación de mangas porno donde infartantes nenas de doce se revuelcan con aliens, monstruos y robots. Cuando los autores se vuelcan por el sexo entre adultos, suelen limitarse a no dibujar el vello, los penes y las vaginas, con lo cual todo el asunto se ve un poco raro y la imaginación del lector tiene que hacer un (mínimo) esfuerzo para llenar los espacios en blanco”(¹).
El manga ha influenciado a un creciente número de dibujantes occidentales; entre los más obvios cabe citar a Humberto Ramos, Chris Bachalo y Joe Madureira, aunque hay muchísimos más que aplican su forma de distribuir la página o dinamizar una historia sin caer en la imitación lisa y llana. En cuanto al manga made in USA, o amerimanga, podría decirse que comenzó en 1965 con la adaptación del ubicuo Tetsuwan Atomu editada por Gold Key. Tras esta vinieron otras adaptaciones de otros animés , siempre a un nivel entre correcto y mediocre, con sus excepciones, la más notable de las cuales tal vez sean los amerimanga de Adam Warren, quien adaptó en los 90 Dirty Pair (de Takachiho Haruka) y Bubblegum Crisis (de Katsuhito Akiyama), dotando a ambos de una identidad gráfica propia a pesar de las restricciones impuestas por los propietarios de ambas licencias.
En Oriente, la popularidad del manga no se limita a las fronteras del Japón, sino que ha generado industrias paralelas en otros países de la región, donde se editan no solamente mangas de creadores locales, sino también versiones redibujadas y traducidas de los mangas japoneses de mayor éxito.
En nuestra cultura es raro ver lectores de cómic de más de 25, o cuanto más 30 años; casi tan raro como ver mujeres lectoras. Solemos despreciar el género (“historieta” es de por sí un término despectivo), relegándolo a la infancia o cuanto mucho a la adolescencia, poniendo en la misma bolsa del prejuicio a Condorito y a Mort Cinder, a Pokémon y a Kingdom Come; esto contrasta con la situación del cómic en Japón, donde el manga es una parte integral de la cultura, y como tal, no está acotada por sexo ni edad, sino que más bien parte de una segmentación del mercado: hay manga para oficinistas, para jubilados, para vendedores de chuenga, humorístico, erótico, de acción, educativo, y su circulación se mide en cientos de miles y millones de ejemplares. Dibujos en blanco y negro impresos en papel de color (rosa, amarillo, celeste). Se editan decenas de títulos por semana: revistas de antología impresas en papel barato conteniendo 20 ó 30 historias de unas 20 páginas, fraccionadas en episodios que luego serán reeditados en libros de pequeño formato para que los otakus (fanáticos del manga) puedan guardar en la biblioteca. Dicho de otra manera: cada revista de antología suele tener unas 300 páginas con episodios de distintas series. Esas revistas se leen y se descartan. Luego, la editorial publica una edición en libro (tankoubon) dedicada exclusivamente a, pongamos por caso, Card Captor Sakura o Doraemon. Las tres editoriales principales son Kodansha, Shogakkan y Shueisha, que también publican libros y revistas, no limitándose al manga. Les siguen Akita Shoten, Futabasha, Shonen Gahosha, Hakusensha, Nihon Bungeisha, y Kobunsha. Y aún quedan sin mencionar las editoras más pequeñas, que son unas cuantas, y las ediciones de baja tirada producidas por mangakas aficionados, llamadas dojinshi (algo similar a nuestros fanzines). Intentemos una somera clasificación del manga de acuerdo a la edad de su público:
yonenshi: destinado al público infantil
shonenshi: para adolescentes
yangushi: 18-30 años
seinenshi: adultos
Se calcula en unos 3000 el total de mangakas en Japón. Todos ellos han publicado al menos un volumen de manga, aunque la mayor parte de ellos o bien vive de otro trabajo o colabora con autores famosos.
Las reacciones del lector argentino ante el manga tienden a la polarización: se lo ama o se lo detesta. Por otra parte, el surtido a disposición del público local es ínfimo en relación al total de títulos publicados en Japón, y las ediciones nacionales son escasas y virtualmente artesanales. Leandro Oberto explicaba así la situación de los editores locales durante las últimas décadas: “Las crisis extremas de la década del 80 pulverizaron la industria del cómic local. Durante los 90, cuando empezaba a resurgir, la aparición de comiquerías provocó la importación salvaje de productos desde España, el 90% de ellos traducciones de cómics extranjeros que no pagaban derechos a los dueños del copyright para ser distribuidos en nuestro país. Las comiquerías se convirtieron en el mayor amigo y enemigo del editor argentino. Por un lado ponían publicidad y vendían números atrasados expandiendo y mejorando el mercado, pero por otro ponían a la venta cómics españoles piratas que no garpaban un mango para ser distribuidos en nuestro país, aniquilando así a la industria local y la posibilidad de editar montones de títulos acá”(²). ¿Qué leer, entonces? Uno revuelve las bateas de manga de cualquier comiquería y no sabe con qué quedarse. Tal vez una brevísima lista sea de alguna ayuda:
Masamune Shirow: Dominion Tank Police, Ghost in the shell
Osamu Tezuka: Black Jack
Masakazu Katsura: I's, Shadow Lady
Akira Toriyama: Dragon Ball Z, Dr. Slump
Kosuke Fujishima: You're under arrest!, Oh! My Goddess
Katsushiro Otomo: Akira, Pesadillas
Rumiko Takahashi: Ranma ½
Ryoichi Ikegami: Mai the Psychic Girl
Sin duda los hombres sabios dirán que se me ha pasado tal o cual título, pero cualquier lista de manga que no se remita a los originales japoneses es por fuerza incompleta. Las ediciones españolas que pueden conseguirse suelen ser las de Planeta-DeAgostini y Ediciones Glénat. En la Argentina, Ivrea se dedica a editar manga en buenas ediciones y con precios accesibles (Ranma ½, Card Captor Sakura, I's, Slayers, etcétera.) Para quienes tengan una cierta fluidez con el idioma inglés, Dark Horse y Viz editan sendas líneas de manga.
Una observación final: los planteos argumentales que podemos encontrar en la batea de manga no son las típicas historias con robots gigantescos que salvan al mundo cada diez páginas. Algunos ejemplos: Ranma ½, de Rumiko Takahashi, es una comedia con un protagonista que se convierte en mujer si se moja con agua fría (y recupera su virilidad con un poco de agua caliente). En Oh! My Goddess, de Kosuke Fujishima, un estudiante de politécnico disca un número equivocado y termina obligado a convivir con una diosa capaz de cumplirle cualquier deseo (incluso destruir el mundo), pero de una ingenuidad digna de Hijitus. El protagonista de Lawman, de Akihiro Itoh, es un inspector de la AFIP japonesa con licencia para matar contribuyentes morosos. Sailor Moon, de Naoko Takeuchi, es la historia de una colegiala que tiene una gata que habla y usa un prendedor mágico para luchar contra el mal.
NOTAS
(¹) Andrés Accorsi, “Japón, el país de las mangavillas” en Comiqueando 42, noviembre de 1999, p. 25.
(²) Leandro Oberto, nota editorial, Ranma ½ 13, junio de 2000, p.2.
©2004 Hugo Casamor. Previamente publicado en EL PASAJERO.

Tags: manga, lecturas

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Mientras estás leyendo esto, es muy posible que yo esté luchando con mi tablero de dibujo, o con mi cuaderno de notas, intentando algún progreso ya sea con mi cómic o mi novela. De vez en cuando también hago como que trabajo para vivir, por lo que posiblemente no le esté dedicando a este weblog tanto tiempo como quisiera. Lo único que te ruego antes de emitir un juicio acerca de mi cordura o falta de ella, tengas en cuenta mi alimentación mediática: las películas de James Bond de los 70, los cómics de superhéroes de la DC, las sátiras de Mort Drucker en la revista MAD, todas las películas de asesinos seriales de los 80, Oh Wicked Wanda! en la revista Penthouse (también en los 70) y por supuesto, Robert Crumb. (El título de este weblog lo he tomado prestado de una canción de Erica Eigen que pertenece a la banda de sonido de LA NARANJA MECÁNICA, de Kubrick.) Últimos libros que he leído: ONE DAY IN THE LIFE OF IVAN DENISOVICH, de Aleksandr Solzhenitsyn (Penguin) LOS VERSOS SATÁNICOS, de Salman Rushdie (Grijalbo) Estoy leyendo: SEXO Y CARÁCTER, de Otto Weininger (Losada) BOOGIE EL ACEITOSO, de Fontanarrosa (el libraco recopilatorio que editó De la Flor) WHY I HATE SATURN, de Kyle Baker (DC USA).

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